EDITORIAL

El último año del milenio encuentra a América Latina una vez más en uno de los recurrentes ajustes que ha caracterizado las dos últimas décadas. La inesperada crisis de los países asiáticos, la falencia de Rusia y los fenómenos climáticos que afectaron la región, obligaron a introducir un nuevo ajuste, el que en algunos casos se venía de todas maneras incubando por los desequilibrios macroeconómicos latentes. Con todo, el balance que presenta este Panorama Laboral 1999 es menos negativo que el que se previera incluso hace unos meses atrás y, por cierto, a fines de 1998. La crisis asiática fue menos intensa y, al parecer, de menor duración que la anticipada. Dentro de la región, el ajuste del Brasil resultó en una recesión de menor intensidad que la prevista, a pesar de la magnitud del ajuste cambiario introducido. Además, el ajuste se produjo en economías, que a diferencia de ocasiones anteriores, se encontraban saneadas y en mejores condiciones para absorberlo en un período corto. Ello permitió que ya en la segunda mitad del año se retomara el crecimiento, lo que augura un año 2000 de recuperación económica.

La crisis reciente trajo aparejados nuevos costos, pero también deja lecciones que deben tenerse en cuenta para futuras coyunturas. Los costos recaen sobre la situación laboral y afectan con mayor intensidad a los grupos más vulnerables y desprotegidos. El desempleo alcanza a 18 millones de latinoamericanos en 1999 y estimamos que la tasa de desocupación será de 8.8%, cifra ésta que es similar a la registrada en 1983 al comienzo del ajuste de la deuda externa. En diez de los quince países para los que se cuenta con información, la tasa de desempleo es de dos dígitos y en uno de ellos llega al 19.8%. Uno de cada cinco jóvenes que buscó trabajo no lo encontró, como tampoco lo logró una de cada siete mujeres, ni el 15.2% de los provenientes de hogares pobres.

Dos factores contribuyeron a evitar una expansión mayor del desempleo. Por un lado, el empleo, no obstante la contracción económica, aumenta en 1.3%; pero continuó el proceso de informalización y terciarización de su estructura. La totalidad de los puestos generados fueron informales y tanto el empleo en la industria como en la construcción disminuyeron en 6.5% y 8%, respectivamente. Por otro, la presión de los que buscan trabajo disminuye, ya que alrededor de 3 millones de personas abandona la búsqueda activa desalentada por las insuficientes oportunidades generadas.

La inflación continuó bajo control creciente a pesar de las devaluaciones introducidas en varios países, ayudada por la escasez de demanda en un marco depresivo. Ello determinó una pérdida en los niveles salariales de los trabajadores de la industria del 1.2%, pero los mínimos continuaron aumentando en 2.7% debido a las políticas activas seguidas en defensa de los trabajadores de menores ingresos. Los salarios reales, particularmente los del sector industrial, finalizan la década de los noventa con niveles superiores a los del comienzo de la misma.

El deterioro en la situación económica y laboral fue bastante homogéneo entre países. Sólo tres (México, Panamá y Perú) registrarán tasas de crecimiento positivas en el año y, de acuerdo a los indicadores laborales disponibles, ninguno de ellos presenta un desempeño de alta calidad. El desempleo sólo disminuye en Barbados, México, Panamá y Trinidad y Tabago, pero ello se produce con aumentos de informalidad en los dos países del Caribe mencionados.

Cuatro son las lecciones principales que se derivan de la experiencia reciente. La primera se refiere al manejo de la política macroeconómica, la que resultó en un sobreajuste con el consiguiente aumento del costo social. La combinación de instrumentos cambiarios, fiscales y monetarios mostró en la mayoría de los países un uso concentrado en una primera etapa en el ámbito monetario, lo que se reflejó en una alta tasa de interés mientras que la tasa de cambio permaneció baja al privilegiarse su contribución como ancla de la inflación. Con posterioridad, a partir de mediados del año anterior, sucesivas devaluaciones permitieron reducir las tasas de interés, las que todavía se encuentran por encima de las tasas internacionales y claramente a niveles altos para motivar la recuperación y la inversión en sectores productores de bienes y, particularmente, en los sectores industrial y de la construcción, los que destruyeron 3.3 millones de puestos de trabajo en el año.

La política fiscal tampoco contribuyó a balancear el manejo macro con el doble efecto: positivo, por un lado, porque no redujo el gasto social; pero negativo por otro, al trasladar el peso del ajuste al sector privado. La experiencia reciente muestra la eficacia, aunque tardía, de la combinación de tipo de cambio alto y tasa de interés baja en la mayoría de los países, con la excepción de Argentina, donde la convertibilidad se mantiene por diversos motivos, pero que requiere entonces un ajuste fiscal de mayor envergadura para absorber el shock externo.

La segunda lección se refiere a la relación entre crecimiento económico, salarios y empleo. La coyuntura permite una doble lectura. Una vez más se ratifica la necesidad de crecer para generar empleo. Aun en los tres países que registran crecimiento, sólo México reduce simultáneamente la tasa de desempleo y de informalidad. Panamá lo logra con tasas todavía superiores a dos dígitos y en Perú la reactivación resulta insuficiente para impedir un alza del desempleo y de la informalidad. No basta crecer, hay que hacerlo a tasas más altas y sostenidas. Una segunda lectura se refiere a la relación salarios-empleo. La evidencia reciente no es concluyente. En México, la mejora en la situación de empleo que acompaña el crecimiento se produce junto a una baja en los salarios; sin embargo, la situación en Panamá, Barbados y Trinidad y Tabago es la opuesta, los salarios aumentan y el empleo mejora.

La tercera lección se refiere a los programas de generación directa de empleo. El deterioro en la situación de empleo generó una expansión de los recursos asignados a este tipo de programas, los que probaron su capacidad de reacción en el corto plazo y su mayor eficacia de focalización, particularmente a nivel de ejecución descentralizada. Lo mismo ocurre con los programas dirigidos a los grupos más vulnerables durante el ajuste. Además, la experiencia muestra que es necesario disponer de estos programas -aunque más reducidos en tamaño- con anterioridad a la crisis, pues introducirlos desde cero toma tiempo y, por lo general, resultan en una intervención tardía e ineficiente para paliar la situación.

La última lección que se deriva del ajuste reciente es la necesidad de contar con instrumentos de protección de aquellos más afectados durante el ajuste y, en particular, de los desempleados. Si bien el aumento del desempleo lleva aparejada una mayor voluntad política para introducir dichos instrumentos, procesarlos y ponerlos en marcha requiere tiempo y recursos, ambos factores escasos en momentos de crisis.

Las perspectivas para el año 2000 son más alentadoras. La mayoría de las proyecciones reflejan una recuperación económica que permitirá un crecimiento del 3.7%. En ese escenario, es previsible que la desocupación descienda y que llegue a 8.3% como promedio para el año, permitiendo recuperar los empleos perdidos en el corriente año. Dicha recuperación ya está comenzando en varios países y tendrá sus mayores efectos durante la segunda mitad del año próximo, proyectándose una tasa de desempleo del 8.1% para el segundo semestre del 2000.

Este Panorama Laboral incluye otros tres temas de importancia. El primero se refiere a la cobertura de los sistemas de protección social en la presente década. Se estima que, en la actualidad, el 38.4% de los trabajadores asalariados no está cubierto y que la protección ha disminuido del 66.6% en 1990 al 61.6% en 1998. Se muestran asimismo las diferencias que existen entre países, entre trabajadores según laboren en actividades informales o formales y entre hombres y mujeres. Hay países como Uruguay, Chile y Costa Rica en los que se protege a más del 75% de los asalariados, y otros como Ecuador, Perú y Venezuela que no llegan a cubrir la mitad. El trabajador asalariado informal tiene en promedio un tercio de la cobertura que los sectores modernos y las mujeres están menos protegidas que los hombres, particularmente las que trabajan en el servicio doméstico.

Además, se presta atención especial a la dimensión de género. La información muestra que las diferencias en contra de las mujeres son todavía altas, pero que las brechas tienden a disminuir. Participan más en el mercado de trabajo, se acortan las diferencias en la calidad de los puestos que ocupan y en los ingresos que obtienen. Para esto, deben invertir más que los hombres. Así, por ejemplo, las mujeres requieren alrededor de dos años más de educación que ellos para acceder a trabajos similares en el sector formal.

Por último, se presentan nuevos datos sobre el sector informal para los noventa. La mejora en la calidad de la información y su presentación más desagregada permite una mejor cuantificación del mismo. Como resultado, se estima que el empleo informal representa actualmente un 48% del empleo urbano y que su aporte a la generación de empleo es de 6 de cada 10 de los nuevos puestos de trabajo creados durante la década. Las diferencias entre países y la tendencia a su expansión son similares a las ya disponibles anteriormente.

Este Panorama Laboral de fin de siglo nos presenta entonces una situación con problemas de empleo, ingresos, desigualdad y desprotección. Sin embargo, las expectativas son de recuperación y de disminución de la discriminación; pero, particularmente, nos refuerza la experiencia de cómo enfrentar más efectivamente el problema del empleo, prioridad reiterada por la gente en esta región y, por ende, tarea impostergable para todos los que pueden contribuir a solucionarlo.


Víctor E. Tokman
Director Regional de la OIT para las Américas



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